EL ZORRO PROTECTOR

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sábado, 14 de enero de 2012

RECORDANDO


En una vieja casa hatillana, rodeada de verdes montañas y salpicada por miles y miles de gotas de lluvia que caían sin cesar, escuchaba las alegres voces de mis nietos recordando anécdotas de otros finales y principios de años “como hoy” … decía la mayor.


Retozaban sobre una gruesa manta multicolor tejida a crochet hace ya muchos años por una buena señora que tuvo un Día de Reyes diferente hace un largo tiempo.

Corría una año cercano al 1950, entonces acostumbrábamos en nuestro pueblo, uno muy lejos de aquí en plena zona austral, a reunirnos para todos los eventos en la plaza a tomar chocolate caliente que llevábamos generalmente en termos mientras los chicos jugábamos sin parar y los mayores se dedicaban a conversar en grupos y era común escuchar risas por doquier.

Si por casualidad había algún vendedor de lo que fuera, debía hacer grandes esfuerzos para ser escuchado y probablemente vendía más con el afán de todos nosotros de que no importunara que de consumir lo que ofrecía. Generalmente eran los primeros en partir a sus hogares ya sin mercancía.

Ese año, mi padre tuvo una proposición que fue aceptada por unanimidad, vale decir por mamá, mis dos hermanos mayores y yo. Consistía en hacer feliz o más feliz de lo que era a alguien que estuviera solo. Luego de “analizar la situación” decidimos por votación que nuestros esfuerzos se dirigirían a don Froilan y su esposa Alba. Ambos eran muy mayores (para mí entonces la cuestión era así: “Muy pero muy mayores”).

Creo que el único voto en contra de la selección debe haber sido el mío puesto que ellos eran los encargados de la iglesia pero también del cementerio y su casita, muy linda por cierto y con un jardín que todos creíamos mágico porque estaba floreado todo el año, estaba nada más y nada menos que al lado del cementerio.

Ya para entonces, mis hermanos me habían contado todos los cuentos de fantasmas, aparecidos y muertos sin cabeza que pudieran haber inventado, por lo que mi entusiasmo era más bien una gran cuota de responsabilidad y compañerismo que otra cosa.

En todo caso, ayudé a mamá a preparar unas galletas y envolverlas en un trozo de tela a cuadritos la que habíamos deshilachado para crear unos flecos que quedaron muy bonitos. Papá preparó una cesta donde las colocamos y mis hermanos cortaron leña y la ataron muy ordenadamente, era también parte de nuestros regalos, claro también el infaltable termo de chocolate caliente.

Mientras caminábamos cantábamos alegremente todas las canciones que conocíamos alusivas a la época que vivíamos.

Gritando llegó el Día de Reyes y tocando duramente la gruesa puerta de la casa de nuestros amigos fuimos recibidos con gran alegría y muestras de sorpresa. Ahí aprendí que se puede llorar también de alegría, de no haberlo visto y participado…no lo hubiera creído.

Su mesa de comedor, gruesa como todas las maderas de esa casa y sus sillas las que orgullosamente lucían unos cojines de colores muy vivos tejidos por doña Alba a quien me costaba imaginarla haciendo cualquier cosa que no fuera tejer, habían cortinas, colchas, pañitos y que se yo cuanta cosa tejida. En un lugar muy acogedor de la sala había una mecedora y una gran caja de madera a punto de convertirse en baúl puesto que le faltaba aún la tapa o la había perdido y de igual modo ya no se asemejaba a un baúl, dejaba ver gran cantidad de ovillos de lana, palillos, bordadores, telas y toda suerte de artículos de trabajos manuales, por lo que de ese rincón salían todas las maravillas que decoraban ese hogar.

Dejé sin completar la visión de la mesa, ya estaba siendo preparada por pañitos blancos para servir la merienda que íbamos a compartir. Creo que si la mesa hubiera podido hablar, nos diría que estaba muy orgullosa del papel que estaba desempeñando.

Mis temores se estaban disipando, no había telas de araña que según los cuentos de terror es el primer indicio de la aparición de los espectros.

Poco a poco dejé que mi ensoñación volara hacia mundos encantados lejos de monstruos y por el contrario plagado de hadas y duendes alegres, de pronto las voces de mi familia y de nuestros anfitriones se fue alejando hasta hacerse casi inaudible.

No recuerdo nada hasta que una fría ráfaga de viento azotó mi cara y algo confundida escuché la voz de mi padre apurando a mis hermanos para llegar pronto a casa y recordando a mamá que no tropezara al caminar. Era fácil deducir, iba en brazos de mi padre, me había quedado dormida en plena tertulia, no había probado las galletas que hicimos, no disfruté del colorido del fuego de la chimenea que prendieron mis hermanos, en fin…nada de nada. Pero, eso sí, iba envuelta en una manta que me mantenía caliente y era muy suave y hermosa. No me cabía la menor duda, la había tejido doña Alba en noches de invierno a la luz de velas, al lado de la chimenea mientras su esposo le contaba historias de las personas que había atendido por su trabajo y ella le hablaba de las nuevas flores que adornaban su jardín. En todo caso, temo desilusionar a mis hermanos, después de haber estado en esa casa, no comparto la opinión de ellos acerca de los fantasmas y aparecidos, si alguien viniera a una casa tan acogedora, seguramente serían en un día como hoy, 6 de enero…los Reyes Magos.

Pasaron los años, la manta se quedó conmigo, me la regalaron precisamente para que me abrigara no sólo esa noche, sino que muchas otras. Seguramente, nunca imaginó la señora Alba, que un día como hoy, 6 de enero de 2012, en esa misma pieza tejida hay unos muchachitos que escucharán esta, su historia junto a unas humeantes tazas de chocolate que estoy preparando para servir.


 auroraroubik.blogspot.com



1 comentario:

Openhager dijo...

Excelente Aurora